En este blog se publicarán poemas de poetas consagrados, poemas de la autora y de otros poetas contemporáneos, información sobre actividades artísticas:cine, pintura, música, y artículos sobre la creación desde un enfoque psicoanalítico.
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Se deshace la tarde en el bar Jamaica. Tomo conciencia del tiempo y del entorno en el que me encuentro. Dos muchachas jóvenes se besan. Un viejo las mira de reojo mientras hace cómo que lee el periódico. En la barra y sentada sobre un taburete una mujer de edad indeterminada sorbe con sensualidad un granizado. Y de nuevo establezco la relación entre gestos erógenos de los demás y zonas erógenas propias. Por ejemplo, el beso de las muchachas es casi eterno, con mucho juego de labios, giros leves de cabeza para encontrar la mejor postura, lenguas que se asoman, se introducen, desaparecen, regresan, labios que se buscan, se introducen, se muerden… Un beso-gesto que despierta las zonas erógenas. El gesto menos erógeno, al menos para mí, es el del viejo. Cada vez hace menos que lee y más que mira. Y esta actitud me produce desazón porque temo que, de un momento a otro, se le despierte el ángel puritano y les monte un pollo a las chiquillas y acabemos saliendo en los periódicos. Y de nuevo me fijo en la mujer de edad indeterminada: ella seguro que se considera joven pero para los demás es madura-madura con silicona y botox. No obstante para mí ¡podría ser mi hija! (Aclaro: yo no soy el viejo que hace como que lee). La mujer tiene apoyado el brazo izquierdo en la barra, sujeta el granizado con una mano mientras las pajitas las sujeta con la otra y las mueve dentro de su boca como si de una felación se tratase. Yo creo que es consciente de lo que está haciendo pero el gesto erógeno hace que las zonas erógenas se erogenicen. Para distraer a las zonas recorro su cuerpo empezando por su blusa de tirantes que deja al aire unos hombros con las mismas curvas y prominencias que las tetas. A mí los hombros siempre me han parecido que tiene una carga erógena muy grande. Así que prefiero orientar mi vista hacia otras partes, en concreto a su escote que en realidad parece un muestrario porque lleva más fuera que dentro. Desde donde me encuentro no puedo ver el detalle pero estoy seguro que lleva fuera las aureolas o como se llamen esas zonas coloreadas que rodean los pezones. Pero en la parte que el gesto erótico alcanza el clímax es en las piernas. Minifalda que deja al aire unos muslos prietos y lustrosos del mismo color dorado que luce en todo su cuerpo. El taburete la obligaba, para no perder el equilibrio, a mantener las rodillas separadas así que el intermuslamen se muestra diáfano. Para descubrir mejor los detalles debo aguzar un poco más la vista. No sé si ella se está dando cuenta de mi inspección ocular. La duda se me quita enseguida: se está dando cuenta porque ha separado un poco más las rodillas. Y allá en el fondo compruebo, para regocijo de mis zonas erógenas, que no hay tela ni pelo que disimule u oculte esa maravilla. Aquí me pierdo. Me doy cuenta que mirar así, con esa fijeza y esa determinación no es educado ni correcto. La miro a los ojos para saber cuál es su gesto y parece que mira por detrás de mí y cómo un poco más alto. Y en eso que un pedazo de tío como un camión de mudanzas me rebasa por detrás y se dirige a ella. Debe venir del servicio. El caso es que la pasa la mano por los hombros, se dan un beso como el de las dos jóvenes y la pregunta: “¿Te está molestando este señor?” dirigiéndose a mí. Yo abro los ojos y la miro como pidiendo clemencia mientras con un gesto nervioso rebusco algo sin saber el qué. Ella en lugar de darle una respuesta, me mira, me sonríe y me hace un guiño que me parece toda una provocación para el camión y se me aflojan todas las zonas erógenas, todas las articulaciones y toda la musculatura. Miro el reloj: ¡ya es la hora de ir al Taller de Poesía Erótica! Me levanto y salgo precipitadamente queriendo aparentar calma. Vamos, todo un gesto desastroso que hace que tropiece en un par de sillas y me tenga que apoyar en la espalda del viejo. Acelero el paso para llegar hasta el paso de cebra que sigue en rojo. En eso una voz atronadora suena a mi espalda: “¡Señor, señor! No se haga el sueco que le estoy llamando a usted.” No había duda que era a mí. Me vuelvo esperando encontrarme al camión de mudanzas cuando veo al camarero: “¡Que no me ha pagado!”. Siempre pago cuando me sirven, por qué no lo habré hecho hoy. Saco un billete de la cartera: “¡Quédate con la vuelta!”. “Lo siento, faltan dos euros”. Mientras completo el dinero miro de reojo a la barra del bar y allí veo a la pareja enredada en un beso mejor que el de las dos jóvenes y al viejo que ha dejado el periódico y no sabe a qué pareja mirar más. Yo atravieso el paso de cebra con la esperanza de que en el Taller de Poesía Erótica me devuelvan la fuerza a la musculatura, a las articulaciones y, sobre todo, a las zonas erógenas. Si lo consiguen, voy a proponer que, para próximas convocatorias lo llamen Taller de Literatura Erógena.
Bianca está asomada a la ventana, su camisón abraza el viento.
Bianca: - ¡Que pasada! Desde aquí se ve Notredam, es alucinante.
Gio: - Sólo a Victor Hugo se le podía ocurrir que fuera allí donde sucediera una tragedia amorosa entre un jorobado sordo y una gitana.
Bianca: - Es una combinación curiosa, propia de la época, destilada por el romanticismo francés.
Gio: - La primera vez que caminé por las entrañas de Notredam, supe que algún día viviría en parís, dos años después aquí estoy, el jorobado de Notredam.
Bianca: - Entonces, ¿yo soy Esmeralda?
Gio: - No sé que decir, la historia acaba muy mal.
Bianca: - ¿Puedo encender la radio? Bianca va hacia la radio.
Gio: - Si claro, estás en tu casa.
Bianca - Mi casa por unas horas, la catedral donde olvidarse de una misma y dejarse llevar.
Gio: - Si quieres, puedes quedarte a pasar la noche.
Bianca:- Luego te arrepentirás, yo sé que lo haré.
Gio: - ¿Qué harás qué?
Bianca: - Arrepentirme. Bianca comienza a bailar, el camisón intenta agarrase a su cuerpo sin éxito, se precipita por sus delicados hombros, blancos y brillantes como el reflejo del sol en el mar jónico, sólo una piel tan blanca como aquella tuvo que haber nacido sobre las costas de Calabria.
A través del espejo los ojos de Gio escrutan el cuerpo de Bianca, sus caderas como las espigas de trigo en piamonte crean el viento, en la radio “Je te aime, moi non plus” le recuerda que fue en Paris y no en Roma, donde unas horas atrás se conocieron a la orilla del Sena como testigo fiel. Bianca atrapa los ojos de Gio en el espejo, él se siente descubierto y desvía su mirada hacia el ventilador de techo mostrando su reacción con un gesto de calor.
-Me mirabas. Pregunta Bianca coqueta.
-Eres una mujer bella. Contesta Gio sin dilación.
-¿Y para qué sirve la belleza?
- No sé…tal vez la belleza es un atrapa miradas.
- Es una pena, eres tan simpático.
- ¿Qué es una pena?
- Habernos conocido así, antes de que amanezca ya me habré marchado.
- Quién sabe. Tú a mi me gustas.
-También me dirás que soy bella.
- Así es y así te lo he dicho.
Bianca esboza una sonrisa, como dando por terminada la conversación, se acerca a Gio, que con el torso desnudo la espera. Se besan, ella acaricia su piel, él descubre en sus labios algún acertijo perdido, sus cuerpos parecen haberse buscado durante toda una vida, el sudor, el halito, el viento, la carne. Nunca dos cuerpos tuvieron tantas bocas, y tantas manos y tantos sexos y tanto hambre de hambre: Como una plegaria de bestias arrancando una a una las flores del jardín, se arrancaban la piel última en un concierto de orgasmos sobre sábanas.
Terminan la danza, agradecidos, sus cuerpos se desploman en la cama, son pétalos olvidados, sus bocas se abrazan, se buscan, se respiran el tiempo segundo a segundo, sus ojos a instantes de sucumbir en lo oscuro, casi mueren en un trágico amanecer, se encuentran a la distancia de una exhalación para que uno de los dos comience a creer en algo.
Gio se incorpora, agarra el tabaco, enciende un cigarrillo y fuma. Bianca se despereza, se levanta, mira a Gio y va hacia el baño. Cuando Bianca vuelve, Gio ha terminado su cigarrillo, está cómodo, observa a Bianca desde el borde de la cama, ella arregla el pelo con sus manos.
Gio: - Hay frases que no olvidaré, movimientos, caras, cuerpos, poses, no sé....tus manos, tus ojos, tu piel, me recuerdas tanto a La Madonna de Munch, ¿lo conoces...?
Bianca: - Me falta la boina roja. Bianca ríe..... ¿Y a ti quién te ha pintado...?
Gio: - No sé dímelo tú.....
Bianca: - A ver, espera que lo piense....creo que un prerrafaelita...... así desnudo, con un gran acantilado y el mar y el cielo. Las palabras son acompañadas por los brazos de Bianca que van de un lado para otro, describiendo la imagen.
-Bianca: lo tengo ….eres “Ragazzo al mare” de Hyppolite Flandrin
Gio -No lo conozco
Bianca: - Está expuesto en el Louvre
Gio: - Mañana podríamos…
Bianca: - Mañana, mañana será otro día tan lejano a esta noche que es imposible que nos reconozcamos….
Gio: - Bueno, en cierta manera, apenas nos conocemos, no sé como haríamos para re-conocernos.
B- Estoy muy cansada, me voy. Bianca se acerca a la cama y se sienta, se queda unos segundos mirando fijamente los ojos almendrados de Gio, para después recostarse en su regazo.
- Es mejor que no te acuestes. Dice Gio. – Si te quedas dormida no tendremos más remedio que construir un mañana.
Bianca sonríe, mimosa, acurruca su cabeza en el pecho de Gio, que cierra sus ojos esperando el paso del tiempo.
Probablemente se trataba de la mujer más hermosa del mundo, la única que su lápiz pudo trazar sin rostro, sin ojos que lo persiguiesen. Era, sin duda, la suma de toda la belleza pródiga, fatua desvergüenza, prohibido delirio de su carnal voz.
Un día la trajo consigo, en su recuerdo, fruto de miles de encuentros entre su ella, y la de aquella mujer que tenía en sus anhelos, triste, desnuda y temblorosa. Su voz acariciaba un cuerpo incandescente, dormido entre los pétalos de una seda rasgada, tironeada antaño por mil amantes preocupados de su exactitud. Era el momento de demostrar que el sexo femenino acontece en los albores del poema. De gozar con su risa, con su encanto y esas nalgas famélicas que danzaban al vaivén de una partida perdida de antemano. Y es que la muerte, da a un sexo frágil fuera de su mirar, la tenebrosa entrada al laberinto que tanta pasión despierta en el reino de los sueños.
Dulce, su nombre, sabía a una lengua, hablada en todos los idiomas.
La amó desde la tierna infancia cuando, acuñados los términos, tantas lunas arrepentidas vieron sus pasos danzar al ritmo de goces infinitos. Fueron miles los ojos penetrados en sus senos, los deseos que acariciaban su cintura, recibiendo un no quejumbroso, pero seguro, en espera de un día en que la noche eclipsase su saber para serle infiel al amanecer.
Sonaban las 12 cuando ella entró en el lugar señalado. Múltiples sus movimientos, prietas sus carnes, libres bajo la gasa de luz que envolvía todas sus palabras. Frenéticos, sus senos se elevaban hasta el punto donde el sol clava sus ojos al olvido. Unas piernas desnudas, mostraban el camino a un encuentro deseado durante siglos de oscuridad y ahora, se abrían las compuertas al paraíso prohibido, en el que los sabios escriben con serpientes los últimos relatos del atardecer.
¿Llegué pronto?- Preguntó con la dulce y hábil insidia del que hierve la construcción histórica. -Andaba por la ciudad que irrumpió mi noche con tu nombre-. Sufrí tanto la pérdida del amor que hincaba tu rastro…
Su olor se llenó de ojos. Dulce el calor de sus tobillos, acarició el nácar de su pieza, que inútilmente herida, comprendió mejor desfallecer cualquier otro ocaso. La luz inundó su tempestad. El vaivén de su corazón dejaba asfixiarse la última gota de razón que puso al servicio del trabajo. Ella, hembra salvaje, mordisqueó su corazón, herido hasta prender los limos de sus labios. Lo demás aconteció.
El vestido huyó de un escenario en el que se despilfarraban los sonidos guturales de la noche. Sus manos, fuertes armas creadoras, dieron forma a la musa descuidada de un alfarero perdido en las sombras de un cenegal de miel. Babeante su amor, sudorosas sus palabras, lúbrica y turgente la alcoba, extasiados sus besos, carnales sus sentidos.
Fue la locura de la piel en vuelo, fluir sobre cumbres esteparias. Soles alineados en torno a la túrbida e insólita partida final. La explosión estelar de polvo contenida, estallido de líneas suntuosas, nuevos coloridos inexistentes… el aullido de la noche redujo a mil los tiempos en que las palabras parecían un mosaico doloroso vertido, hábil combinación de estertores… cuerpos pegados, desmedidos, inmensos.
Los ojos se abrieron al amanecer. Sus ropas partieron en dos aquel destino fatal.
A quien cree que no existen los milagros les contaremos sin demorar esta sencilla historia.
Era pálida y delgada, rubia como los trigales y sus grandes ojos azules reflejaban una paz inmensa. Piadosa desde su más tierna infancia hizo del convento su casa. A los 15 ya era monja. Entre todas se destacaba por la blancura de su tez y por su devoción sin par.
A cualquier hora del día se la encontraba rezando.
De rodillas en la capilla susurraba el nombre divino y si bien amaba a los santos, su dueño era Jesucristo.
Por ella se moría de amor un joven de exquisitos modales.La vio una noche de Pascua con el cirio en la mano. “Mía será o ninguna más, por Cristo y por la Virgen, lo juro…”. Tanto se empeñó, que su tío, el jardinero del convento se dejó convencer y le consiguió trabajo.
Desde entonces, entre el jardín monacal y la sagrada capilla el joven compartía sus días. Tan piadoso parecía que nadie nunca sospechó. “¡A monje se meterá pronto!” decían todos a coro.
Mas él buscaba una estrategia para enamorar ala joven, sin que ella se diese cuenta.
Una noche que la monjita rezaba, sumida en sus oraciones, aprovechando la oscuridad se le acercó el doncel: “ Soy Jesucristo… -susurró-. He escuchado tus plegarias.” Y hele aquí recitándole suavementeal oído del “Cantar de los cantares” los versos más hermosos.
Tu vientre como montoncito de trigo, cercado de azucenas.
Como dos cervatillos mellizos son tus dos pechos.
Extasiada la joven no dudó de su fortuna y tal la Sulamita contestó: “Dormía yo, y estaba mi corazón velando; y he aquí la voz de mi amado, que llama”.
Y él: “Al cielo te llevaré conmigo. Obedéceme en todo y pronto estarás en la gloria. Comulgarás de mi cuerpo divino y no seremos más que uno.
En eso,le ordena agarrar firmemente con su blanca mano el cirio que bien preparado tenía. Pronto lo tiene ya en la boca como si del pan divino se tratara. Exaltado, sigue el joven recitando: “Yo te daré a beber del licor nuevo de mis granadas. Bebe de mí, alma pura…Bebe mi sangre…” Y con su néctar la deleita.
La monjita, en brazos del mismo Jesús se cree y como una flor seva abriendo. Ya casi por desmayarse de goce, pasmada, el sagrado cantar retoma:Entonces mi amado metiósu mano por la ventanilla de la puerta probando si la abriría, y a este ruido que hizo, se conmovió mi corazón.“
Y él, anhelante: Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi inmaculada y purísima
Y mientras entre sus muslos se desliza le promete la gloria eterna.
Cuando se estremece traspuesta, como una paloma herida, con fuego la besa en la frente, con fuego la besa en la boca. “¡No digas nada, vida mía! Ni Dios te podría creer… Mas vuelve cada noche ¡Oh bendita ¡ Y milagro habrá otra vez …
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Recital poético de los hermanos Menassa (junior) Manuel Menassa y Alejandra Menassa. El Sábado 3 de Marzo de 2012, a las 20.00. Se abre un ciclo de recitales de integrantes de los talleres de Poesía Grupo Cero todos los sábados a las 20.00 h, en la Sede de la Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero. Se retransmitirá por www.grupocero.tv
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agradezco a Maite su amistad virtual, que no por ello menos real, uno de cuyos resultados es este premio. Os dejo aquí el enlace de su blog, para quien quiera visitarla, gracias a todos por pasaros por aquí, por vuestros versos, sonrisas, guiños y palabras.
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Gracias Chache, por el premio y por lo que nos une, nuestro amor por el cine. Un abrazo
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Dicen que es un premio al hecho de compartir, un aprendizaje necesario para todo humano. Gracias Vero, amiga. Un abrazo.
Alejandra Menassa de Lucia, es Psicoanalista de la Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero. Directora del Departamento de Medicina Psicosomática de Grupo Cero. Docente del Seminario de Medicina Psicosomática. Profesora del Departamento de Formación Empresarial Superior Grupo Cero. Amplia experiencia en el diagnostico y tratamiento del TOC. Médica Especialista en Medicina Interna, adjunta de Medicina Interna en el Servicio de Urgencias del Hospital Doce de Octubre de Madrid durante 5 años. Especialista en Psicoanálisis de las relaciones de pareja.
Sus publicaciones médicas: - Editora del Manual de Diagnóstico y Terapéutica Médica del Hospital Doce de Octubre. Ponencias en congresos nacionales e internacionales de Medicina. En psicoanálisis ha publicado: - Psicoanálisis y Medicina. - Medicina Psicosomática I. Cuestiones preliminares. Ponencias en congresos nacionales e internacionales.Poeta. Coordinadora de talleres de Poesía.
Publicaciones en poesía: Primera inquietud, Al oído del viento, La llave de los días, La muerte en casa y La piel del deseo (galardonado con el premio de Poesía 2006 de la Asociación Internacional de Artistas y Escritores).