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viernes, 2 de septiembre de 2011

YO Y EL VERANO. RELATO ERÓTICO. TALLER DE POESÍA Y LITERATURA ERÓTICA. TERCERA EDICIÓN. ALEJANDRA MENASSA



Hace calor, un río de sudor caliente se desliza pródigo entre mis muslos. Insisto, sentada en el escritorio frente a los papeles, en hacer mi trabajo, pero es tan imposible...

El sol me atormenta con sus rayos. El aparato de aire acondicionado, en su intento de boicotearme, desfalleció ayer y estamos en Agosto, no vendrán hasta el lunes a arreglarlo ¿Debo agradecer este retraso?

Lo insoportable de este calor no es ni siquiera que no me guste el verano, me encanta, ni que me moleste el sudor, no es que a altas temperaturas mi pensamiento se enlentezca y se interrumpa mi tarea, no es eso.

Es este sudor que baja como río y que ya no sé si es agua o ese líquido caliente que destilan los sexos afiebrados por el deseo. Mi sexo. Es que cada vez que este caudal extraño nace de mis ingles y recorre impasible mis muslos, la fantasía lo inunda todo. Todo lo anega el recuerdo. Como si el calor propagara la ignición de mis células, encendiera la chispa del deseo e hiciera nacer en la forja de Afrodita las imágenes más puras del erotismo.

Su aliento caliente sobre mi cuello, sus manos a 70 grados sobre mi piel, esa destilación brillante que exhalan los cuerpos sometidos a temperaturas extremas, su boca recorriendo sin piedad mi sexo, donde salivas y flujos y sudores hacían un solo caldo para su lengua inquieta.

El calor ensancha las paredes de los vasos, produce un éstasis de sangre, los setenta centígrados de la sauna hacían, por este mecanismo, que su sexo adquiriese un tamaño descomunal, como si toda la sangre de su cuerpo estuviera en ese remanso entre sus piernas, que, además, tenía la temperatura de un volcán. Cuando me penetró fue más placentero que otras veces.

Este efecto vasodilatador, exigía al corazón un rendimiento mayor, así, el latido, en el silencio de la estancia de madera, era casi ensordecedor, mezclado con gemidos silenciados por una palma suave y húmeda sobre los labios cálidos, como cuando se evita que un arma haga su feroz ruido asesino. No podíamos hacer con naturalidad los ruidos del amor, por temor a ser descubiertos.

La caída de la tensión arterial, aderezaba la escena con una sensación de estar flotando, ya por sí misma placentera y la hipotonía muscular: mi cuerpo, terso, se hacía a la vez blando y mi cabeza, coronada por rayos dorados, caía como los relojes de Dali desde el banco veteado. Su atlético cuerpo, en el paroxismo de la relajación, se entregaba, reblandecido, a los embates de mi boca libadora.

Era un espacio público, estábamos solos, pero en cualquier momento podíamos ser sorprendidos, eso aumentaba el deseo, como cuando la fruta prohibida se nos ofrece para fenecer en nuestros labios. La tensión de la posibilidad de ser descubiertos, hacía que el deseo avanzara a un ritmo mayor de lo normal, el calor lo aceleraba todo. Era una ebullición de sensaciones.

Con ese ritmo, el clímax llegaría mucho antes. Sus caderas se movían a una velocidad extrema, la humedad permitía que el deslizamiento fuera perfecto, yo respondía a sus embates con sacudidas casi tan fuertes como las suyas, difícil distinguir si era golpe o caricia por la vehemencia del movimiento. Así, basculamos pelvis contra pelvis casi diez minutos, sin dejar de apartar la mirada vigilante de la puerta. Sin detenernos mientras acercábamos nuestras bocas para fundirnos en un húmedo beso, que era casi como bebernos, porque todo era líquido.

Generalmente nuestros encuentros duraban horas, pero los dos sabíamos que la aceleración que el calor imprime al deseo, nos haría pronto ceder. Yo ya había tocado varias veces el cielo, cuando él derramó su semilla como una lava ardiente en mis entrañas. La aceleración de la respiración tenía doble causa ahora, la del goce sexual y la de la necesidad de eliminar ese exceso de fuego, de verterlo al aire, que se iba haciendo cada vez más irrespirable, porque seguramente, nos habíamos maravillosamente devorado todo el oxígeno disponible. Abandonamos el lugar, exhaustos, jadeantes, como quien huye de un incendio, en busca de un aire respirable. Y él me dio el último beso en la frente, con ternura, como si después del amor sin medida, la castidad le hubiera cautivado el alma y el sexo en su caída, hubiera dado paso al tierno amor.

Ahora cada vez que el calor hace correr el sudor entre los muslos, esa escena se instala en mí, y desata las más hondas pasiones.

Cuando dirigí la mirada hacia la máquina, encontré este escrito en la pantalla del ordenador, lejos de ensoñarlo, esta vez lo había escrito. La fantasía de la sauna ya no me perseguiría más. El cuerpo musculoso y brillante de mi Hércules, mi silueta dorada por el sol y bañada en minúsculas gotitas que no eran más que la destilación del licor del deseo, nuestras sonrisas de goce, nuestros líquidos orgánicos entremezclándose, la aceleración de la materia y la energía que provoca el calor, y sobre todo, la ignición de la mente que genera este Agosto y que hace nacer en la forja de Afrodita, las imágenes más puras del erotismo, habían quedado para siempre atrapados en la página.

Alejandra Menassa de Lucia

jueves, 1 de septiembre de 2011

TRABAJOS DE LOS INTEGRANTES DEL TALLER DE POESÍA ERÓTICA. TERCERA EDICIÓN.SE AMABAN POR ENCIMA DE TODOS LOS MUSEOS. RUY HENRÍQUEZ




Archipiélagos del sexo,

la piel se tensaba ante la proximidad del beso

y los abrazos despertaban el riesgo o la angustia

que anida detrás de cada encuentro.

Como serpientes en celo

los cuerpos se solazan en la mies del barro,

en las negras entrañas de las lluvias del verano,

reivindicando su efímera materia.

Socavando, penetran sus túrgidas sustancias,

la muscular textura de sus órganos,

húmedos hasta la extenuación,

a punto de rasgarse en la brevedad de un llanto.

Se amaban por encima de todos los museos,

más allá de la piedad o del éxtasis,

apremiados por el dolor y por el hambre,

transidos por el puñal del cuerpo.

Ruy Henríquez

4 de agosto de 2011


Cuadro: Desnudo sobre Vibstek. Marc Chagall


jueves, 18 de agosto de 2011

RELATOS DE LOS INTEGRANTES DE LA TERCERA EDICIÓN DEL TALLER DE LITERATURA Y POESIA ERÓTICA. Jardinero del Convento. Kepa Ríos

Dibujo de Milo Manara

Damián trabajaba regando y podando el jardín del convento de las Hermanas Carmelitas Descalzas. Era un hombre de unos setenta años, jubilado, que se dedicaba a esto por entretenerse y contribuir, como buen feligrés, con el embellecimiento de la iglesia. Iba por las mañanas dos o tres horas la mayoría de los días. Normalmente no veía a las monjas, que a esas horas estaban rezando. Únicamente en verano salían algunas hermanas a disfrutar del jardín por la mañana, ya que después el calor y el sol despiadado se lo impedían.

Esos días de Agosto solían salir Sor Ana y Sor Laura, a tomar un poco de claridad, y entablaban a veces algo de conversación a Damián mientras este trabajaba o descansaba.

-¡Buenos días! Hoy sí que parece que va a hacer mucho calor ¿verdad? - Comenzó Sor Ana - No se ve una nube. No vamos a poder estar aquí ni media hora. Usted como no tiene que llevar los hábitos, no sabe lo que se suda con estos trajes al Sol.

-Por eso no me metí a monja. -Respondió Damián- agiten algo suavemente los faldones a modo de abanico, para que les entre una brizna de airecito por debajo, verán que gusto y que alivio sienten, hermanas.

Las monjas se miraron un poco sorprendidas y casi se sonrieron. Sor Ana comenzó a hacer ondas con sus hábitos tomándolos por la parte de abajo con las manos. Absolutamente concentrada en su aventura, ni siquiera dijo si le gustaba o no; ni hizo gesto alguno de satisfacción, al menos aparentemente. En ese instante Sor Laura, maquinalmente, como contagiada, comenzó ella también a hacer lo mismo. Al principio mantenía las piernas cerradas no se sabe muy bien porqué. Después, poco a poco, comenzó a repantingarse cada vez más en la silla, de un modo sorprendentemente campechano, y tubo que abrir las piernas para poder mantenerlas flexionadas cómodamente.

-Claro, las monjas no nacen monjas -Pensaba Damián para sí -. Antes tuvieron por fuerza que ser mujeres como las demás. O tal vez siempre tuvieron esa vocación eclesiástica... tal vez todas las mujeres tengan esa vocación de monjas que sólo en algunas logra imponerse definitivamente. Aunque también es cierto que hay monjas que dejan de serlo.

Desde que habían comenzado a abanicarse con sus vestidos talares, las hermanas no había vuelto a abrir la boca. Miento; sí abrían la boca, pero sin decir nada; sólo queriendo disfrutar de algo tan natural, tan vital, como sus propias respiraciones. Algo tan habitual en los vivos que, podríamos decir, es el goce más terrenal que existe: El goce de respirar, de vivir... eso seguro que no se podrá disfrutar en el cielo ni con ayuda de Dios.

Realmente sorprendía ver con qué facilidad se entregaban aquellas religiosas al corporal goce de abanicarse entre las piernas, con los ojos cerrados, recostando la nuca, y abriendo la boca para respirar amplia y sonoramente.

Se ve que el ejercicio que hacían con los brazos para abanicarse, debía sofocarles de algún modo. Y por momentos parecían quejarse del esfuerzo con leves muecas de dolor, dulces reproches sin destinatario... O, tal vez se quejaban de que Damián ¡no les ayudaba a abanicarse! Al fin y al cabo, él fué quien les había querido mostrar esa nueva utilidad de los vestidos. Así que, como precursor de la experiencia tenía el derecho, y aún el deber, de auxiliar a sus seguidoras.

Sin duda debió ser este el pensamiento que abanicó Damián en su cabeza. Porque, sin más ni más, se fué para las monjas dejando caer el azadón y quitándose los guantes. Ellas no le sintieron llegar. Tal era su atolondramiento. Como estaban bastante cerca una de la otra, Damián se colocó entre las dos, y extendio una mano hacia cada falda, diciendo:

-Bueno, pues como parece que se quejan del esfuerzo, les voy a echar una mano, leñe... una a cada una. Porque manos, gracias a Dios, tengo dos.

Sor Ana fué a la primera que tomó la falda. Ella la soltó como si nada, abrió y volvió a cerrar los ojos, y continuó la insulsa conversación de Damián.

-Los hombres teneis dos de muchas cosas, quiero decir, que tenéis dos brazos, dos piernas...- Las monjas a veces decían cosas rarísimas, sin sentido, una especie de niñerías exageradas que rayaban la locura. Damián no se sorpredía tanto de la extraña respuesta como de que Sor Ana hubiese seguido la conversación sin apensa inmutarse. Como si fuera lo más normal que Damián le estuviera levantando la falda en el jardín. Además Damián se percató que Sor Ana hablaba medio sonriente y que, el tono de la voz, sólo aparentaba ser inocente, trasluciendo una sorna infantil y traviesa: estremecedora. ¿Sería posible que lo de "dos de muchas cosas" lo estuviera diciendo con segundas la diabólica monja?

-Menos de una. - Dijo de pronto Sor Laura, que ya no tenía que abanicarse porque lo hacían por ella. - De una cosa solo tienen una ¡ja! ¡ja! ¡ja! Lo digo por la nariz, eh ¿qué pensaba hermana? ¡ja! ¡ja! ¡ja!

Damián ahora sí que estaba alucinando, o pensando que alucinaba, porque creía que esa situación no podía ser real. Él tenía tres hijos y su mujer y él eran de los más devotos del pueblo. Siempre había sentido un gran cariño y simpatía por las hermanas, y sabía que ellas también sentían hacia el un tierno afecto. Pero, aunque las bromas fuesen muy divertidas, sobretodo por ser unas monjas las que las hacían, la verdad que sí que tenían bastante peligro. Tal vez las monjas se confiaban más de lo común con las bromitas pensando que nadie las tomaría en serio. Y, efectivamente, Damián intentaba tomar todo aquello como una chiquillada de las hermanitas, pero era inegable que lo de "de una cosa sólo tiene una", le había hecho pensar en su pene aunque fuese sólo un instante. Lo suficiente como para producir el consiguiente aumento de tamaño, que aunque no fué mucho, no dejaba de ser preocupante y desafortunado en aquella compañía.

Sor Ana se intentó poner seria pero la verdad que no le salió muy bien. Cuando pensó que podía entrarle a ella también la risa, abrió los ojos buscando ayuda para contenerse: una mirada sobria, un serio gesto de desaprovación... Giró levemente la cabeza como diciendo que no a la vez que comenzó a levantar la vista. Entonces se topó con la cara de Damián, que le pareció, en ese momento, la cosa más graciosa y pintoresca que en su vida había visto: Estaba a la vez sonriente, sonrojado, asustado y feliz. Parecía que, no sabiendo qué cara poner, ponía todas las caras del mundo a la vez. Ahí fué cuando Sor Ana, llevada de todos los demonios, rompió en una carjajada celestial, quiero decir, que se oyó hasta en el cielo de las ciudades aledañas.

Tal fué la súbita desvergüenza de la clériga que incluso tuvo que levantar las piernas para ayudarse en sus risotadas.

Y aquí, estimados lectores, es donde finalmente el cuento deja entrever, tanto a nosotros como a Damián, algo que podríamos llamar moraleja. Pues sucedió que, tan alto levantó la tímida Sor Ana una de sus piernas, que Damián pudo ver clarísimamente la moraleja del cuento, que debe ser la misma moraleja de la biblia cuando la leen estas monjas.

Como quien de pronto entiende un chiste, una espasmódica hilaridad se apoderó de Damián, por lo que cayó de pronto, y de bruces, en la misma moraleja del cuento que tan amablemente le había brindado Sor Ana. Ella se lo había entregado como llevada de un impulso divino y correcto; como cuando se da una limosna. Sin embargo, como cuando se da una limosna, al instante, Sor Ana se arrepintió. Bajó por eso las piernas algo bruscamente de modo que Damián quedó riendo, algo interrumpido, bajo la falda, que se cerró sobre su nuca. La respiración de la hermana se detuvo apenas un instante en que también abrió mucho los ojos y se puso seria. Sor Laura la miraba partiéndose de risa y señalando a Damián, como queriendo finjir ante Sor Ana que todo era un gracioso accidente vacacional, una anecdotilla para dar envidia a las otras hermanas. Sor Ana no sabía qué hacer, aunque pronto comenzó a sentir algo que parecía hacerla cambiar misteriosamente de opinión. De este modo siguió riendo e intentando, con poco brío, sacar a Damián de debajo de sus faldas.

Hacía tiempo que toda la escena transcurría sin palabras, entre carcajadas, gritos y ayes. No se sabe si por la emoción del momento, o si porque nadie sabía qué decir en mitad de aquella escena inaudita. Sin embargo sólo las monjas, que no tenían pelos en la lengua, pudiéron romper el silencio, con alguna frase:

-Sor Laura ¡quítame a Damián! dios mío, por dios, dios santo -exclamaba Sor Ana- dios bendito... quítamelo que me está ¡chupando!.

A lo que Sor Laura respondió arrojándose sobre Damián muerta de risa. No necesitó hacer más fuerza, pues era voluminosa y el simple peso de su cuerpo bastó para dar con Damián y con ella misma de espaldas en el suelo del jardín. Espatarrados, enrojecidos y algo mareados por la caida, rodaron un poco los por allí cerca. Que es hasta donde llega el final de este relato, ya que una moraleja por cuento será suficiente, tanto más la de la sapientísima y risueña Sor Ana, de quien Sor Laura era cómplice y partícipe.

Kepa Ríos Alday

jueves, 3 de septiembre de 2009

EROTISMO DE LA PALABRA PRINCIPIO. Clemence Loonis. TRABAJOS DEL TALLER DE POESÍA ERÓTICA




Cuadro: Giorgio de Chirico, joven dormida


Se inauguran los vientos en la plaza del encuentro,

resbalan las fechas anteriores, hoy navega en soledad.

Veo mis pies en otros pies, veo el líquido que abre el contacto,

veo ocupado el verbo ser en un ojo profundo.

Y vienes tú porque a solas no me quedo,

vienes de la mano del grito arrancado a la puerta

y así, cara a cara, sin vaho destilador,

sin fantasma de caricia en el suburbio

pregunto…

¿de quién la cara?

¿de quién el principio?

Como los nombres apelan a otros hombres,

se va el cuento, el dardo, la pequeñez de un respiro.

Viene ese gemido de color suelto que pide límite

para que me sostengas en tu boca

sin búsqueda previa

pero alistada en este ejército de luz

enrollada en la saliva de la historia

como cuando todo huele a mundo

cuando ya sé que tus ojos son mis ojos

y multiplican la virginidad del encuentro.


Clemence Loonis


Y además, hoy, 03-09-09 es el cumpleaños de Clemence. ¡Feliz cumple!



martes, 25 de agosto de 2009

TRABAJOS DEL TALLER DE POESÍA ERÓTICA COORDINADO POR ALEJANDRA MENASSA. PRIMERA ENTREGA. LAS SANDALIAS DE TACÓN DE PUNTA

Cuadro: La pose. Falero


A don Julio ya no se le levantaba como no fuera con dosis elevadas de medicamentos u otros estímulos de uso tópico. No obstante aquella mañana sintió un levísimo estremecimiento al contemplar unas sandalias romanas con tacón de aguja. Aunque la moza del anuncio que las calzaba era todo un hembrón, el atribuyó el leve aumento de riego sanguíneo a las preciosas sandalias... y eso le bastó para llamar muy animado a su amiga “Sesenta pesos y veinte más por cada guarrería”. Le preguntó qué número calzaba y concertó una cita: -“Tengo un hueco a las tres y media”. -“¡Joder qué hora” respondió contrariado-, “Iré sin comer porque a esas horas la sangre se me acomoda en el estómago y no se me levantan ni los párpados”....-“Es lo que tengo libre. Lo tomas o lo dejas”. Aceptó, pero algo le dijo que la experiencia no iba a ser como se había imaginado en un principio... Para no perder el dinero de la cita, repuso el pastillero, se aseguró de que llevaba la bomba de vacío, el spray y la crema retardante. A continuación tomó un taxi para que le llevara hasta la zapatería. Al contemplar aquel surtido de sandalias que calzaban sugerentes maniquíes, volvieron a surgir las mariposas por el pene... (Con la edad y la práctica, las mariposas se sienten, cuando se sienten, cada vez más abajo). Encontró modelo y número y lo compró: “Carísimas pensó al pagar- pero una resurrección espontánea bien se merece este sacrificio” Al salir de la tienda comprobó que faltaban más de tres horas. “Si camino me canso y ya se sabe cual es el resultado. Si bebo, éste... no resucita ni al tercer día. Y si como, me duermo. ¡Qué dura es la vida del amante a “cita previa”! El amor se hizo para el ¡aquí te pillo, aquí te cojo!. Los amantes de edad deberíamos tener un servicio de urgencias para estos casos. Pero como los políticos no tienen estos problemas, jamás harán una Ley que tenga en cuenta nuestro caso”.

Las horas pasaron lentas y monótonas. Cada vez que le entraba la somnolencia abría la caja y miraba las sandalias... y otra vez se le movían las mariposas. Por fin llegó el momento. La “Sesenta pesos”... le abrió en ropa interior transparente. Después de los saludos de rigor le ofreció las sandalias. En cuanto abrió la caja y las sacó comenzó la moza a lamer y chupar los tacones mientras le miraba con ojos de lujuria: “Así que es esto lo que querías” Él no entendió muy bien lo que quería dar a entender la moza, pero lo que si comprobó es que las mariposas ni se movían... Sacó el pastillero y se tomo dos. No obstante recordó el tiempo que tarda en reaccionar el medicamento y miró el reloj: Sacó del arsenal el spray. “Ya te he dicho otras veces le dijo ella- que eso no me gusta porque me escuece”.... Entonces echó mano de la bomba pero... ni por esas. Ella mientras seguía jugando con los tacones como si fueran penes. Y en un momento que él se dio la vuelta, le empujó hacia la cama quedando don Julio arrodillado en el suelo y con las posaderas en posición de recibir. Ella se le sentó a horcajadas en la espalda mirando hacia su culo y sin mediar palabra empezó a introducirle por el ano los dos tacones... Al concluir la media hora pactada, se levantó y le dijo: “Sesenta pesos y veinte más por cada tacón”. El hombre avergonzado y con el miembro tieso por los medicamentos pidió más tiempo: “Hoy me resulta imposible. Está a punto de venir el Negro. Pero vuelve otro día y lo repetimos. Las sandalias me las quedo...”

Francisco Javier Lorenzo


viernes, 8 de mayo de 2009

FIEBRE. POEMA RECITADO EN EL BOSQUE DE LAS PALABRAS.


El martes estuve en Radio Morata, con Francisco Legaz, en su programa El bosque de las palabras. Aquí os dejo el enlace para escuchar el poema recitado:

http://lamemoriavacia.blogspot.com/2009/05/alejandra-nos-recita-su-poema-fiebre.html

la entrevista sobre poesía erótica:

http://lamemoriavacia.blogspot.com/2009/05/alejandra-menassa-poesia-erotica.html

Fiebre, fiebre de cuarenta encuentros, de
certeros grados, fiebre de flecha inmensa,
fiebre de soledad.
La mosca del sexo ha alojado en mi sangre
su veneno.
Lo digo por decir, en realidad,
la mosca del sexo ha nacido de mi carne,
se ha alimentado de mi sangre,
ha vivido años entre mis piernas.

Yo soy la mosca del sexo.

Fiebre, fiebre que no se calma
más que instantáneamente con tu semen,
fiebre que no desciende sino con tu saliva,
que no sabe inclinarse más que frente a tu voz.

Mi deseo encontró a quien rondarle .
Fiebre. Fiebre desesperada .

¿Te has tragado todos los imanes?,
que mi metálico pecho no quiere sino arremeter
contra tu pecho.
¿Te has comido la miel que quedaba en
los panales del mundo ? ,
que mi sexo, abeja milenaria
escapa hacia tu boca en vuelo vertical .

Víctima de mis besos ,
depositario del tesoro de palabras que te debo,
héroe de papel.
Tu voz es el incendio en que se queman
todos mis prejuicios,
tu voz es una tea forjada con pétalos de rosa.
tu voz es mi condena.

Me ha picado tu voz en pleno corazón,
y es un veneno dulce como de alondras
anidando debajo de mi piel.

Fiebre, fiebre ....fiebre.


Poema del libro La piel del deseo. Editorial Grupo Cero

viernes, 26 de diciembre de 2008

¿POR QUÉ LO LLAMAN AMOR CUANDO QUIEREN DECIR SEXO?




El corazón palpita por encima de todos los sonidos,
en ondas sucesivas los latidos golpean tímpanos enardecidos.
En mi estómago, luciérnagas de invierno alumbran el último estertor.
Es una noche trágica, froto mis piernas como astillas hasta hacer nacer
fuego de ellas, fuego para tu sexo enaltecido por la espera…

No digas que me amas, no quiero esta noche suaves caricias
para engañar al tiempo, quiero toda tu potencia varonil,
tu terquedad, tu infinita gula, quiero tu sexo horadando mi noche.

No me vengas ahora con dulces arrumacos, con palabras amables,
con sutiles artimañas de enamorado encallado en mis rocas.
Quiero tus manos desenredando marañas de mi vientre.

Tu boca redescubriendo las islas perdidas de mi boca,
Tu cóncavo pecho y mis convexidades:
intensas soldaduras indelebles nos atan al futuro.
No es tiempo para amar. ¡Gocemos!.

Alejandra Menassa de Lucia